Una de las historias de plantas que merece ser contada, es la del cubo de boj.

Este es un dado grande – casi ocupa un metro cúbico- de forma bastante regular, con muchas temporadas y podas encima, que remata una línea de lavandas y bolas de boj en mi jardín. Me lo regaló, hace ya unos cuantos años, un amigo jardinero al que conocí gracias a una restauración paisajística que hicimos cerca de su casa.

Él era todo un paisano, como se dice en Asturias, más bien bajo, fuerte y con bigote reglamentario. Profesor jubilado, veterano de nuestra guerra y jardinero aficionado, vivía junto a un puente medieval en una casa con jardín al gusto de su época. Éste estaba primorosamente cuidado: caminos de arena rectos y limpios, bordes de boje siempre recortados, parterres para las flores cavados y sin hierbas, frutales podados y tratados … Vamos, que en aquel jardín se notaba mucho el trabajo de su mano experta.

Contaba, además, con taller e invernadero; en el primero, bajo un retrato del caudillo, guardaba la hormigonera en la que mezclaba el sustrato con el que hacía los semilleros de flor que crecían en el segundo. Zinnias, petunias, pensamientos, geranios o tagetes adornaban aquel lugar donde nunca faltaba una flor para cortar.

Nos gustaba hablar de jardinería mientras paseábamos por su paraíso clásico y un día que pasamos por delante del cubo me preguntó si lo quería.  Me extrañó que me quisiera traspasar aquella obra hija del arte y la paciencia que, además, marcaba el centro del jardín, pero no dudé un segundo y la acepté encantado.

Trasplanté el dado, acabamos los trabajos, me alejé de la zona y, cuando al cabo de algún tiempo me llamó su hijo, volví por allí. Este me contó que su padre les había dejado hace poco. Pero que una temporada antes de morir se había encerrado en casa y había abandonado todo.

Por la conversación me enteré de que mi colega había cuidado durante largos años a su mujer muy enferma, hasta que ella falleció.  Entonces, el viejo jardinero, solo, sin nadie a quien dedicar sus esfuerzos ni regalar sus flores, cerró su taller, renegó del jardín y se dejó ir.

Desde entonces pienso que él, al intuir el final de su historia, me dio el cubo de boj para que se lo cuidara.

Sigo y seguiré haciéndolo mientras pueda.