Si hay alguna planta en mi jardín que tenga carácter, esa es la secuoya.

La conozco bien porque la he visto crecer desde semilla – la sembré yo mismo un día de enero en el que nació mi hijo –  y , pese a que han pasado más de tres lustros, aún me asombro siempre que la miro. Es el árbol que con más decisión trata de cumplir su destino de alcanzar el cielo.  Tan es así, que yo creo que el “Citius, Altius, Fortius” del  lema olímpico está grabado en sus genes. Porque claramente es más rápida,  más alta y más fuerte que cualquier otra planta que yo conozca. Además su tronco recto y su copa sagitada refuerzan esa impresión que me causa.

La semilla vino dentro de un tubo de plástico junto con el sustrato de cultivo y las instrucciones de uso impresas en papel marrón reciclable. Las instrucciones incluían dibujos infantiles que ayudaban a entender el proceso misterioso de crear un árbol enorme a partir de algo minúsculo. Estaba claro que el destinatario final de aquel miniinvernadero era muchísimo más joven que yo y  , seguramente, mucho más inexperto en estos temas. Aun así , decidí seguir las indicaciones. El experimento funcionó y me maravillé como un infante cuando vi aparecer el primer brote.

Nacieron así unas cuantas plantitas que meses más tarde repiqué a macetas. Y, cuando una de las siete que se lograron ya estaba claro que sería un gran árbol, ayudé al niño a plantarla en el jardín. Regalé las demás, que ahora crecen en jardines familiares repartidos por la España verde.

Tubo y semilla fueron traídos de California  por el padrino de mi hijo, quien pensó que un  árbol conmemorativo sería un buen regalo de nacimiento. Y acertó.

Él  desde joven había residido en Norteamérica – estudiando mucho, trabajando mucho  y luchando mucho sin rendirse – y por ello  había aprehendido intensamente a lo largo de bastantes años los valores de esa sociedad tan competitiva. Yo creo que no fue casualidad que escogiera el  que mejor los representa entre las 865 especies de árboles americanos. No escogió un  Arce rojo, ni un Nogal negro, ni tampoco un Pino de Monterrey , todos ellos árboles grandes ,rápidos y tan de allí como la secuoya , sino ésta, un gigante entre los gigantes.

La verdad es que tardé unos cuantos años en darme cuenta lo que significa nuestra secuoya. Necesité ver con mis propios ojos su asombroso desarrollo para comprender cómo éste árbol enorme expresa tan bien los buenos deseos del padrino para su ahijado recién nacido.