La historia de nuestro cedro azul es muy sencilla: lo recogí de pequeñín en un canalón y me lo traje al jardín. Tal cual.

Estaba con una amiga mirando porqué el techo de su mirador acristalado tenía goteras cuando me fijé en unas púas azules que asomaban y reconocí la planta. Ella, al ver mi interés, rápidamente me regaló aquel pimpollo de quince centímetros que hoy, ocho años más tarde, tiene casi siete metros.

Era lógico que estuviese allí y que fuese un cedro porque a poca distancia crecía uno bastante grande. Se ve que sus semillas aladas volaron hasta el compost natural que tupía el hueco y una de ellas aprovechó la oportunidad para germinar y echar raíces. La madre es un cedro del Himalaya verde y el nuestro, híbrido, tiene su mismo porte llorón, pero el color azul del Atlántica.

En esa época el jardín de mi amiga – una encantadora pintora de paisajes y marinas de cierto renombre – me gustaba mucho, desde luego más que ahora.

No muy grande, de estilo inglés – como la casa – , tenía la mezcla perfecta de naturaleza y orden, de claros y sombras, de espacios abiertos y masas cerradas, que hacían del lugar un espacio único que invitaba a quedarse. Se notaba el gusto de la artista.

Las vistas desde las ventanas al jardín, sin estar muy pensadas, sacaban mucho partido a la profusión de arbustos y trepadoras de flor. No era muy extenso el catálogo de planta, pero sí estaba muy bien aprovechado a lo largo de la temporada.

Una weigelia con largas ramas arqueadas llenas de flores rosas inauguraba la estación, más adelante florecía la glicinia que trepaba por las barandillas del porche queriendo invadirlo todo.  Merecía la pena el trabajo que nos daba contenerla sólo por ver colgar sus racimos lilas. Además, camelias, rododendros, hortensias, una bouganvillea , varios rosales, abelias o romeros animaban el sitio. Tuyas, hiedras marengo y otras plantas más bajas rellenaban los parterres abigarrados que había alrededor de la casa. Entre ellas, en invierno, salían las flores solitarias de las belladonas, única bulbosa que cultivaba en aquella época.

En la terraza solana sobre el jardín, cubierta por un techo al que invadió la parra virgen, florecían los jazmines en dos maceteros simétricos hechos con azulejos de Manises y, en una esquina, un limonero en un macetón de barro italiano también hacía notar su olor.

No faltaban árboles que daban color en algún momento como catalpas y abedules, para fastidio de dos vecinos quejicas a los que molesta el otoño con sus hojas. Ni tampoco siempreverdes gigantes como un abeto del Cáucaso, una maravilla con ramas hasta el suelo, y un cedro del atlas – ¿el padre del nuestro? –  que, junto a la calle, señalaba la casa desde lejos.

Y así estaba el jardín, con muchas plantas y poca poda, hasta que llegó él. Un exitoso hombre de negocios, jubilado y con tiempo para ocupar , con el que me llevo muy bien – todo hay que decirlo-. Él trajo un gusto por el control de la vegetación y cierto ánimo arboricida inexistentes allí.

Entonces comenzó un programa pausado, pero inexorable, de transformación del espíritu del sitio: Los árboles dejaron de ser monumentos, pues las podas desbocadas los convirtieron en postes con muñones, caricaturas de sí mismos.

Las limpiezas de las masas vegetales se transformaron en ejecuciones sumarias. Se eliminaron plantas, se abrieron claros, se vaciaron las jardineras, se podó lo posible y lo imposible.

Y todo ello para dar paso a “una florina aquí y allá”, como dice mi amiga. Ésta al principio presentó alguna resistencia, temiendo que aquel afán jardinero la dejara sin jardín, pero con el tiempo, superada por la insistencia de su amigo y sus propias ganas de tenerle entretenido, le dejó hacer.

La última vez que pasé por allí el jardín no era ni sombra de lo que fue, menos mal que mi amiga sigue siendo la misma.