Los ladrones de plantas, aunque no lleven uniforme  ni insignia que los identifique , son fácilmente reconocibles.  Sus andares erráticos por los caminos –  se les ve a menudo en cunetas y taludes- , las mochilas al hombro con pinta de pesar mucho, las marcas en las rodillas  y , sobre todo, el aire despistado, tan auténtico como calculado, les delatan.

Los ladrones de plantas son animales de costumbres, aunque suelan esconderlas. Como los jabalíes, vuelven a los sitios escogidos cada temporada a cavar y revolver la tierra en busca de tesoros incógnitos y , a menudo, subterráneos. Y, al igual que los cerdos salvajes, hoyan  el terreno a su paso  por mucho que intenten disimularlo. Casi nadie se da cuenta de esto, pero el resto de ladrones sabe que uno de los suyos pasó por allí, pues todos hacen lo mismo.

Sus herramientas de trabajo son la palita de acero, la pala de cavar zanjas o el cuchillo Hori-Hori; pero también les vale una cucharilla de café o un palillo de dientes si no tienen su herramienta preferida a mano.

Combinan sabiamente el método científico con la improvisación y la astucia para lograr sus objetivos. Incansables, pacientes, persistentes,  – reincidentes en suma -,  no paran hasta conseguir lo que buscan, que suele ser algo despreciable a los ojos de la mayoría. Pero ellos no pertenecen a la mayoría, de hecho se saben minoría privilegiada. Gente única cuyo don es ver y valorar lo que nadie ve, ni valora. Aunque,  de vez en cuando , ocurra lo contrario.

Seres acostumbrados a la soledad – el sino de su estirpe-, sin embargo abren los brazos a los acompañantes , sobre todo si les ayudan en sus razzias, y con ellos comparten los buenos momentos que la naturaleza ofrece generosamente.

Cuando salen de “caza” raro es que vuelvan de vacío a casa, pues siempre ven algo que se les antoja, aunque no se parezca ni de lejos a lo que fueron a buscar.

Coleccionistas compulsivos, avarientos y caprichosos , se dejan dominar por su vicio con la tranquilidad que da saber que es bueno y necesario lo que hacen. Pues están convencidos de que su labor recolectora salva a muchas plantas de la extinción – al menos localmente – y , a veces , hasta aciertan.  Nunca tienen bastante, ni cogen lo suficiente, todo les parece poco y , aunque siempre dejen algo, más por vergüenza que por conciencia ecológica , a ellos les gustaría llevárselo todo.

No hay solar, regato, prado, jardín, vereda, agujero o piedra del monte que dejen sin revisar en busca de su premio, sobre todo si es raro y pequeño.

Y así, a base tocar la tierra y buscar plantas, acaban aprendiendo a ver pautas invisibles al resto y sintiendo de cerca el impulso que lo mueve todo.